ESCENA II.
MIR.: Si el mágico poder de tus encantos Turbó las fieras olas de esta suerte, Padre querido, su furor aplaca. Al parecer, lloviera el cielo azufre, Si el mar, subiendo al alto firmamento, El fuego no apagara. ¡Ay! ¡he sufrido Con los que ví sufrir! Quedó deshecha Gallarda nave, á cuyo bordo irian, Sin duda, nobles seres. Sus gemidos Al alma me llegaron. ¡Ay, los pobres Se hundieron todos! Si en aquel instante Hubiese sido algun potente númen, Hubiera hundido el mar en el abismo, Antes que permitir que se tragase Crudo á la noble nave y á las almas Que iban en ella.
PRÓS.: ¡Calma! no te espantes, Y á tu piadoso corazon sosiega, Diciéndole que no hubo daño alguno.
MIR.: ¡Hora desventurada!
PRÓS.: No hubo daño. Nada hice que no fuera en tu provecho; Tu bien procuro sólo, mi hija amada, Que ignoras aún quién eres, no sabiendo De dónde soy, ni quién, ni que en el mundo Fuí algo más que Próspero, tu padre, Y humilde dueño de esta pobre celda.
MIR.: Ni nunca se afanó mi pensamiento Por saber más.
PRÓS.: Es tiempo que te instruya, Y sepas algo más. La mano extiende: Quítame el manto mágico del hombro. Bien. Yace allí mi talisman. Tú, el llanto, Mi bien, enjuga, y da consuelo al alma. De aquel naufragio el hórrido espectáculo, Que te llenó de lástima tan grande, Dispuso mi arte con prudencia tanta, Con tal cautela, que ni un alma sola... ¡Qué digo! ni la pérdida de un pelo Sufrió criatura alguna que en la nave Con grito horrendo sumergirse viste. Mas siéntate y escucha, que es forzoso Que sepas más.
MIR.: Quién soy á referirme Mil veces comenzaste, y de repente La plática cortando, me dejaste Sumida en vana duda, concluyendo: «Espera, aún no.»
PRÓS.: Pues ya llegó el instante; Y él mismo exige que el oido aguces. Obedécele, pues, y escucha atenta. ¿Te acuerdas por ventura de otro tiempo, Antes de trasladarnos á esta celda? Creo que nó, pues por aquel entónces Tres años no contabas.
MIR.: Bien me acuerdo.
PRÓS.: ¿Por qué? ¿por otras cosas? ¿otros rostros? Hazme la descripcion de cosa alguna Que en la memoria te quedó grabada.
MIR.: Es cosa muy remota, y más parece Sueño que realidad lo que atestigua Confusa mi memoria. ¿A mi servicio No tuve un tiempo cinco ó seis doncellas?
PRÓS.: Sí tal, y aún más, Miranda. ¿Cómo es eso Que aún vive aquel recuerdo en tu memoria? ¿Qué más descubres en el fondo oscuro Y abismo de los tiempos? Fácil fuera, Ya que te acuerdas de hechos anteriores A tu llegada aquí, que te acordases Tambien de tu llegada.
MIR.: No mé acuerdo.
PRÓS.: Diez años hace que tu padre duque Era, Miranda, de Milan; diez años Que poderoso príncipe aún era.
MIR.: ¿Pues no eres tú mi padre?
PRÓS.: Lo afirmaba Tu madre, que era espejo de virtudes. Y duque de Milan era tu padre, Y tú princesa, su única heredera, No de más baja estirpe.
MIR.: ¡Cielo santo! ¿Qué mala fe nos apartó del trono? ¿O fué por nuestra dicha?
PRÓS.: Entrambas cosas. La mala fe nos desterró, cual dices, Y nuestra buena dicha aquí nos trajo.
MIR.: ¡Cuán honda pena me traspasa el pecho, Pensando en el pesar que te daria, Del cual ya no me acuerdo! Mas prosigue.
PRÓS.: Mi hermano, y tio tuyo, quien por nombre Tenia Antonio (que esto adviertas quiero), ¡Que pudo ser tan pérfido un hermano! El hombre á quien, despues de ti, mi prenda, Amaba como á nadie en este mundo, A quien fié las riendas del Estado, Que era entre todos el primero entónces, Y Próspero la flor de nobles duques, Por su alta dignidad por tal tenido, Y porque fué en las artes liberales Sin par. En éstas ocupado siempre, Dejé el gobierno en manos de mi hermano, Llegando á ser extraño á mis dominios; En tal arrobamiento me tenia, Sumido mi hondo afan. Tu falso tio... ¿Atiendes?
MIR.: Padre, con cuidado sumo.
PRÓS.: Una vez adiestrado en el secreto De conceder y de negar favores, Y cuando supo á quién premiar conviene, A quién podar como precoz retoño, Creó de nuevo á las hechuras mias, Logró trocarlas, digo, ó reformarlas. Teniendo de empleados y de empleos La llave en su poder, templó las cuerdas, Los corazones todos del Estado, A gusto y á capricho de su oido; Y de esta suerte vino á ser la hiedra Que asida á mi ducal excelso tronco Robóme mi verdor y lozanía... Mas no me atiendes.
MIR.: Sí, te atiendo, padre.
PRÓS.: Te ruego que me escuches. De esta suerte Yo descuidando mis mundanos fines, Entregado al retiro, y ocupado En adiestrar mi mente con estudios Que, á no ser tan secretos, excedieran A todo aplauso popular, incauto Dejé brotar en el infame pecho Del falso hermano inclinacion perversa: Mi confianza, como tierno padre, Engaño engendró en él, por otro extremo Tan grande como fué mi confianza; La cual, por cierto, término no tuvo, Era una fe sin límite. Ya dueño, No sólo del producto de mis rentas, Sino tambien de cuanto competia A mi alto rango, como mentiroso Que logra hacer pecar á su memoria Hasta el punto de creer en la mentira A fuerza de contarla, imaginóse Ser en verdad el duque; tanto pudo El sustituirle y ejercer del mando Los cargos exteriores, revestido De todos sus derechos y atributos. De aquí, creciendo su ambicion... ¿Me escuchas?
MIR.: Curara tu relato la sordera.
PRÓS.: Por no sufrir entre el papel que hacia, Y aquel por quién lo hacia traba alguna, Dueño absoluto de Milan por fuerza Aspira á ser. A mí, pobre recluso, (Me era mi biblioteca ancho Ducado) Juzga incapaz de temporal gobierno; Se une (de mando tan sediento estaba) Con el señor de Nápoles, pagando Tributo anual, rindiéndole homenaje, A su corona régia sometiendo La corona ducal, y á innoble yugo ¡Oh, mísera Milan! tu altiva frente Aleve doblegando.
MIR.: ¡Dios piadoso!
PRÓS.: Atiende al pacto, y oye el fin que tuvo; Y di si pudo ser hermano mio.
MIR.: Padre, si no pensara noblemente De la que el sér te dió, fuera culpable. Suelen nacer tal vez de honrados senos Infames hijos.
PRÓS.: El convenio escucha. Siendo enemigo inveterado mio De Nápoles el rey, oido presta Al ruego de mi hermano, quien pedia Que en premio de su oferta de homenaje, Y no sé qué tributo, me arrojara De mis Estados junto con los mios, Y que á Milan la bella diera en feudo Con todos sus honores á mi hermano. Sellado el pacto, y reclutado en breve Traidora hueste, en hora malhadada De una noche propicia á tal designio, Abrió las puertas de Milan Antonio, Y en sepulcral silencio sus secuaces, Los viles instrumentos de su infamia, Juntos á mí y á ti, bañada en llanto, Crudos nos alejaron.
MIR.: ¡Dios piadoso! Yo que del llanto aquel ya no me acuerdo, Acerbo llanto he de verter ahora: Es una sugestion que de mis ojos Las lágrimas estruja.
PRÓS.: Escucha un rato, Y luego trataremos del asunto Que nos ocupa ahora, de otro modo Impertinente fuera mi relato.
MIR.: ¿Por qué en el acto no nos dieron muerte?
PRÓS.: Bien preguntado, niña: mi relato Sugiere duda tal. No osaron, prenda, (Tan grande amor mi pueblo me tenia) Poner á su obra tan sangriento sello; Sino adornaron con más lindo afeite El sucio rostro de sus torpes fines. Lleváronnos á bordo de una nave; Se hicieron á la mar, y á pocas leguas, El pútrido armazon de un bote izaron, Sin palos, velas, jarcias, ni aparejo: Huyeron de él las ratas por instinto. En cuya embarcacion nos arrojaron Para gemir al son del mar rugiente, Y suspirar al viento, que piadoso A nuestros tristes ayes respondiendo, Benigno daño sólo nos hacia.
MIR.: ¡Oh, cuánta angustia te causara entónces!
PRÓS.: No, fuiste el querubin que me sostuvo. De fortaleza celestial henchida, Te sonreias, miéntras yo, cubriendo La faz del mar con mi salobre llanto, Gemia bajo carga tan pesada: Lo cual prestóme resistente brio Para hacer frente á males venideros.
MIR.: ¿Y cómo fué llegar de nuevo á tierra?
PRÓS.: Por voluntad divina. Con nosotros Llevábamos sustento y agua dulce Que un hidalgo de Nápoles, Gonzalo, Nombrado jefe de este ardid entónces, Por caridad nos dió, con ricos trajes, Lienzo, telas, y en fin, lo necesario, Que fueron luego de provecho sumo. Tambien me procuró su gentileza, Sabiendo que era amante de mis libros, Sacadas de mi misma biblioteca Obras que estimo en más que mi Ducado.
MIR.: ¡Fuera feliz con sólo verle el rostro!
PRÓS.: Me elevo ahora. Quieta tú, y escucha El fin de nuestro viaje proceloso. Llegamos á esta isla, donde hiciste Conmigo, tu tutor, más adelanto Que otras princesas que más tiempo tienen Para la holganza, y ayos ménos fieles.
MIR.: El cielo te lo premie. Y dime ahora (Pues bulle aún en mi mente) ¿con qué objeto La tempestad sañuda provocaste?
PRÓS.: Oye esto más. Por un suceso extraño, La amiga suerte, que ahora me sonrie, Trajo á mis enemigos á esta playa; Y mi presciencia me revela claro Que pende mi cenit en este instante De un astro muy propicio, cuyo influjo Es fuerza aprovechar, pues de otra suerte Se hundiera para siempre mi fortuna. No me hagas más preguntas. Tienes sueño: Propicia es tu pereza; cede á ella. Que no podrás por ménos sé; pues duerme. ¡A mi, mi siervo! ven; estoy dispuesto. ¡Acude pronto, Ariel, mi Ariel, acude!
ARI.: ¡Salve, maëstro egregio! ¡oh, sabio, salve! A ejecutar tus órdenes acudo, Sea volar, nadar, ó sumergirme En ígneas ondas, ó correr montado En crespas nubes; con tu voz potente Dispon de Ariel y de sus fuerzas todas.
PRÓS.: Espíritu, ¿cumpliste mi mandato Tocante á la tormenta con esmero?
ARI.: Punto por punto en todos sus detalles. Raudo abordé del rey la noble nao, Y ya en el espolon, y ya en los combes, Ya en la cubierta, en cada camarote, Sembré terror en ráfagas de fuego: Me dividia ardiendo en muchos puntos; En cofas, gavias y bauprés ardia, Y luego me juntaba en una llama. De Júpiter los rayos precursores De horrenda voz de estrepitoso trueno No eran tan momentáneos, ni á los ojos Fugaces tanto; el fuego, los crujidos De sulfuroso estruendo parecian Sitiar hasta el poder del gran Neptuno, Haciendo estremecer sus bravas olas, Sí, y aún temblar su destructor tridente.
PRÓS.: ¡Mi espíritu animoso! ¿Quién tan firme, Quién tan constante fué, que presenciara Tal alboroto con razon serena?
ARI.: No hubo ni un alma sola que la fiebre Del loco no sintiese, dando indicios De desesperacion. Todos, excepto Los marineros, locos se arrojaron Al espumante mar, dejando el buque, En llamas ya por mi. Fernando, el hijo Del rey, con erizado pelo—juncos Entónces más que pelos parecian—Fué quien primero se arrojó gritando: «Quedó el infierno sin demonios; todos Están aquí.»
PRÓS.: ¡Espíritu del alma! ¿Mas todo ha sido cerca de la orilla?
ARI.: Tocándola, maëstro.
PRÓS.: ¿Y quedan salvos?
ARI.: Ni un pelo pereció; ni leve mancha Se advierte en sus vestidos, que parecen Más nuevos que ántes. Como tú mandaste, En grupos dispersélos por la isla. Al príncipe yo mismo traje á tierra: En árido rincon quedó sentado, El aire refrescando con suspiros, Cruzado así de brazos tristemente.
PRÓS.: ¿Qué hiciste, dime, de la régia nave, Qué de los tripulantes, y de todo El resto de la escuadra?
ARI.: Está segura La régia nave en la abrigada cala Donde me despertaste á media noche Para traërte cierta vez rocio De las Bermudas, siempre combatidas; Bajo cubierta los marinos todos; Donde por medio de un encanto mio, A más de las fatigas que pasaron, Durmiendo los dejé. Y en cuanto al resto Que dispersé de la pujante escuadra, Volvieron á juntarse y todos flotan Sobre el Mediterráneo: ya navegan Con triste rumbo á Nápoles, creyendo Que vieron naufragar la régia nave, Y perecer del rey la alta persona.
PRÓS.: Cumpliste bien mi encargo, Ariel. Con todo, Más queda por hacer. ¿Qué hora es del dia?
ARI.: Pasó del medio ya.
PRÓS.: Una hora al ménos. El tiempo que hay de aquí á las seis es fuerza Que utilicemos con provecho sumo.
ARI.: ¿Hay más que hacer? Ya que me das fatiga, Deja que te recuerde tu promesa Que aún no cumpliste.
PRÓS.: ¡Regañon, qué es esto! ¿Adusto estás? ¿Qué puedes tú pedirme?
ARI.: Mi libertad.
PRÓS.: ¡Cómo! ¿ántes que se cumpla El plazo estipulado? ¡Calla!
ARI.: Piensa Cuán útiles servicios te he prestado: Nunca culpable fui de engaño ó yerro; Sin murmurar, sin queja te he servido. Tú un año de perdon me prometiste.
PRÓS.: ¿Y olvidas de cuán bárbaro tormento Te liberté?
ARI.: Jamás.
PRÓS.: Sí tal: te espanta Hollar del mar salado el hondo limo, Correr en alas de aquilon sañudo, Dar cima á mis trabajos en las vetas De la tierra, aterida por el hielo.
ARI.: No tal, maëstro.
PRÓS.: Mientes, sér maligno. ¿Has olvidado á Sícorax, la torpe Maldita bruja, á quien edad y envidia Pusieron hecha un aro? ¿La olvidaste?
ARI.: No, á fe.
PRÓS.: Sí, á fe. ¿Dónde nació? Responde.
ARI.: En Argelia, señor.
PRÓS.: ¿Conque en Argelia? De mes en mes es fuerza que te cuente Quién eres, pues lo olvidas. Esa bruja, La Sícorax maldita, como sabes, De Argel fué desterrada por ofensas Y encantamentos por demas horribles Para que las escuche humano oido. Por una cosa que hizo se abstuvieron De quitarle la vida. ¿Es cierto?
ARI.: Cierto.
PRÓS.: A aquella bruja de celestes ojos En cinta aquí trajeron; los marinos Aquí la abandonaron. Tú, mi esclavo, (Por tal te das) entónces la servias; Mas cuando tú, espíritu muy noble Para cumplir sus órdenes sensuales Y aborrecibles, rehusaste terco Tomar en sus empresas parte alguna, Te confinó, merced á los auxilios De sus más poderosos instrumentos, Y en el furor de su indomable saña, De añoso pino en el hendido tronco: En cuya raja preso te quedaste, Tormento atroz sufriendo, doce años. Murió entre tanto, y te dejó cautivo Allá en tu triste cárcel, do exhalabas Suspiros incesantes como golpes De ruedas de molino. Humana forma No honraba esta isla entónces, salvo el hijo, Pecoso monstruo que cual vil cachorro Aquí parió.
ARI.: Sí, Caliban, su prole.
PRÓS.: ¿No lo oyes, torpe? Caliban, que ahora A mí me sirve. Como nadie sabes En qué tormento te encontré: tus voces Aullar al lobo hacian, traspasaban Del oso siempre fiero el pecho airado: Era un tormento propio del infierno, Que Sícorax en vano se esforzara A desligar de nuevo. Fué mi arte, Cuando llegué y oí tus tristes voces, La que mandó que bostezase el pino Y te soltase.
ARI.: Lo agradezco, oh sabio.
PRÓS.: Si refunfuñas más, hendiendo un roble, Sabré clavarte en su nudoso tronco Hasta pasar gimiendo doce inviernos.
ARI.: Perdon te pido: fiel á tus mandatos, Prometo ejecutar mi cometido Alegre y dócil.
PRÓS.: Hazlo, y en dos dias Libre te dejaré.
ARI.: ¡Mi noble amo! ¿Qué quieres que haga? di ¿qué quieres que haga?
PRÓS.: Al punto vé; conviértete en sirena: Que no te reconozca vista alguna Salvo la tuya y mia: sé invisible A todas las demas. Tal forma toma, Y en ella vuelve aquí. Vé con premura. Despierta, prenda amada. Bien dormiste. Despierta.
MIR.: La extrañeza del relato Me dió sopor.
PRÓS.: Sacúdelo, y en marcha: A ver á Caliban, mi esclavo, iremos, Quien no nos da jamás gentil respuesta.
MIR.: Es un villano, padre, cuya vista Me causa horror.
PRÓS.: Mas como están las cosas, Nos hace falta: nos enciende el fuego; Sale á traërnos leña; en mil quehaceres Nos sirve con provecho.—¡Esclavo! ¡hola! ¡Ah! ¡Caliban! ¡Responde, vil gusano!
CAL.: En casa sobra leña.
PRÓS.: Sal, te digo. Te he menester en otro asunto. ¿Vienes? Tortuga, sal.
ARI.: Se hará, señor.
PRÓS.: ¡Tú, ponzoñoso esclavo, Engendro vil del mismo diablo, habido En tu maligna madre, sal, perverso!
CAL.: ¡Rocío tan fatal como el que nunca Pudo espumar con pluma de vil grajo Mi madre de palustre infecta linfa Sobre ambos llueva! ¡El vendabal azote, Y cubra de apostemas vuestros miembros!
PRÓS.: Por eso, no lo dudes, esta noche Te haré sufrir calambres y punzadas Que ahogarán tu aliento; con sus púas Se cebarán erizos en tus carnes Durante el largo espacio de la noche Miéntras moverse puedan. De tu cuerpo Harán panal, y cada picadura Punzante más que abeja que lo hiciere.
CAL.: Dejad que coma al ménos. Esta isla Que me arrebatas, mia es por mi madre. Cuando por vez primera aquí viniste, Me acariciabas, me tuviste en mucho, Y agua con bayas á beber me dabas. Del astro grande y del menor que brillan De dia y noche me enseñaste el nombre. Amor te tuve entónces, y sumiso Te revelé las propiedades todas De nuestro suelo, sus salobres pozos, Sus frescas fuentes, lo árido, lo fértil. ¡Maldito sea, nunca tal hiciera! Sobre vosotros los hechizos todos De Sícorax se abatan, alacranes, Murciélagos y sapos! Pues no tienes Más súbditos que yo, yo que ántes era Monarca de mi mismo. En dura roca Me encierras, como cerdo en su zahurda, Miéntras me vedas lo demas del suelo.
PRÓS.: Esclavo mentiroso, á quien los golpes Podrán mover, no la bondad; te tuve, Vil fango que eres, en mi propia celda, Dándote humano trato, hasta que aleve Violar quisiste la honra de mi hija.
CAL.: ¡Ya! ¡Y ojalá lo hiciera! Lo impediste; Poblara de otra suerte la isla toda De Calibanes.
PRÓS.: ¡Vil, odioso esclavo! En quien el bien no deja mella alguna, Siendo capaz de todo mal; te tuve Lástima, y por piedad quise afanarme En enseñarte á hablar, y á todas horas Algo aprendiste. Cuando tú, salvaje, No te entendias á ti mismo, y como El ente más brutal gruñir solias, Para expresar tus miras y deseos Te dí palabras. Mas tu vil orígen, Aunque aprendiste, en sí guardaba siempre Algo que pechos de índole más noble Nunca sufrir pudieron. Por lo mismo Fuiste encerrado con fundada causa En esta roca, tú que has merecido Algo peor que riguroso encierro.
CAL.: Tú me enseñaste á hablar, y mi ganancia Es que sé maldecir. ¡Maligna peste Te pague la enseñanza que me diste!
PRÓS.: ¡Prole de bruja vil! Vé, tráenos leña; Y date prisa, te tendrá más cuenta: Te he menester para otro encargo. ¡Corre! ¿Te encoges de hombros, pérfido? Si omites, Ó haces de mala gana lo que mando, Tortura sabré darte con calambres; Te llenaré los huesos de dolores; Te haré bramar de suerte que á las fieras Hagan temblar tus gritos.
CAL.: No; te ruego. Es fuerza obedecer; pues sus encantos Tan poderosos son, que domarian A Sétebos, el númen de mi madre, Trocándole en vasallo.
PRÓS.: Véte, esclavo.
CANCION DE ARIEL.: Venid á hollar la blanda arena, hermanos. Hora juntad las manos. Besándoos luego en fraternal saludo, (Ya calla el mar sañudo) Triscad, triscad, y al son del cefirillo Cantad en coro alegre el estribillo. ¡Oid! ¡oid!
(Voces esparcidas.): ¡Bau! ¡uau!
CANCION DE ARIEL.: Ladra el mastin:
(Voces esparcidas.): ¡Bau! ¡uau!
CANCION DE ARIEL.: ¡Oid! Con voz sonora El vigilante nuncio de la aurora Grita: ¡quiquiriquí!
FER.: ¿En dónde suena música tan grata? ¿Es en el aire ó en tierra? Ya no se oye: Sin duda, sigue á un númen de esta isla. Sentado en un escollo, y de mi padre, El rey, la triste pérdida llorando, Llegóse á mí por cima de las aguas, Calmando su furor y mi tristeza Con dulce melodía. La he seguido, Ó me arrastró más bien de dónde estaba. Mas ya cesó. No, que de nuevo empieza.
ARIEL.: Tu padre en el mar hondo está escondido; Sus huesos se trocaron en coral; En perlas sus pupilas se han fundido; Nada hay en él mortal, Fugaz y deleznable, Que el mar no trueque en joya inestimable. A fúnebre oracion Repican las sirenas. Son ellas; sí, las oigo.
(Coro.): Din, dan, don.
(Coro.): Din, dan, don.
FER.: Habla esa voz de mi difunto padre. No es esta accion mortal, ni es de la tierra Aquel sonido. Lo oigo en alto ahora.
PRÓS.: Descorre las cortinas de tus ojos, Y di qué ves allí.
MIR.: ¿Qué es? ¿una sombra? ¡Cómo gira los ojos! Créeme, padre, Que tiene noble aspecto; pero es sombra.
PRÓS.: No tal, mi bien, pues come, duerme y tiene Sentidos cual nosotros. Ese mozo Que ves, tambien estuvo en el naufragio; Y si el pesar, de la beldad gorgojo, No le afeara, con razon dijeras: A fe que es lindo mozo. Va buscando A sus amigos que perdidos llora.
MIR.: Tal vez dijera que era un sér divino; Pues cosa natural no ví tan noble.
PRÓS.: Veo que marcha como quiere el alma. Ariel, hermoso espíritu, por esto Libre estarás al cabo de dos dias.
FER.: Sin duda, es la deidad por quien trinaron Aquellas notas. Permitid que sepa Mi ruego, si morais en esta isla; Y á bien tened de darme algun informe Que de gobierno aquí servirme pueda. Mi ruego principal, aunque el postrero, Es ¡oh portento! ¿sois ó no doncella?
MIR.: Ningun portento, mas doncella, os juro.
FER.: ¡Mi lengua! ¡cielos! Soy de cuantos la hablan El más augusto, si estuviera ahora En donde se habla.
PRÓS.: ¿Cómo el más augusto? ¿Qué fueras si el de Nápoles te oyera?
FER.: Un sér cual soy ahora, que se admira De oirte hablar de Nápoles. Él me oye: Por eso lloro. Nápoles te habla. Yo ví con estos ojos, desde entónces Nunca en menguante, hundirse al rey, mi padre.
MIR.: ¡Ay! ¡qué dolor!
FER.: Sí, á fe: con él se hundieron Sus grandes todos; de Milan el duque Y su hijo noble el número aumentaron.
PRÓS.: El duque de Milan y su más noble Hija pudieran refutar tu aserto, Si fuera la ocasion. Trocaron de ojos A la primer mirada. ¡Ariel querido, Te he de librar por esto! Buen hidalgo, Oid una palabra. Mucho temo Que os engañeis en eso. Una palabra.
MIR.: ¡Por qué habla tan colérico mi padre? Este es el tercer hombre en quien los ojos Puse jamás; sin duda es el primero Que me arrancó un suspiro. Que á mi padre Incline la piedad de parte mia.
FER.: Si vírgen sois, y libre vuestro afecto, Reina os haré de Nápoles.
PRÓS.: ¡Eh! ¡paso! ¡Paso, galan! Oid, otra palabra. Prendado cada cual está del otro. Es fuerza entorpecer accion tan pronta; No sea que valor al premio quite Tan fácil triunfo. Hidalgo, otra palabra. Te mando que me sigas; pues usurpas Un nombre que no es tuyo, y como espía Bajaste á esta isla con intento De desposeerme á mí, que soy su dueño.
FER.: No, por mi honor lo juro.
MIR.: Es imposible Que templo tal albergue nada malo. Si tiene la maldad tan bella casa, Séres de bien querrán vivir con ella.
PRÓS.: Sígueme. No hables tú por él: Que es un traidor. Partamos. Piés con cuello Te amarraré; por única bebida Agua de mar tendrás, por todo pasto Almejas del arroyo, mustias yerbas, Y cáscaras amargas que sirvieron De cuna á la bellota. Sigue.
FER.: Nunca. Rechazo trato tal, miéntras no logre Rendirme mi enemigo.
MIR.: ¡Padre mio! ¡No le sometas á tan dura prueba, Que es dócil, no temible.
PRÓS.: ¿Qué se entiende? ¿Querrá mandar el huevo á la gallina? Traidor, tu espada envaina. Harás alarde, Mas no osarás herir. ¡Fuera de guardia! Te puedo desarmar con esta vara, Y tu acero rendir.
MIR.: Te ruego, padre...
PRÓS.: ¡Quítate! ¡no te cuelgues de mi manto!
MIR.: ¡Ay! ¡ten piedad! ¡respondo de él!
PRÓS.: ¡Silencio! Un dicho más me obligará á reñirte, Cuando no á odiarte. ¡Cómo! ¿En abogada De un impostor te truecas? ¡Calla! Piensas, Sin duda, que no hay forma que compita En garbo con la de él, ¡Ay, niña ilusa! Éste con otros hombres comparado No es más que un Caliban; y los más de ellos Angeles á su lado.
MIR.: Pues entónces, Humildes son mis gustos: no ambiciono Ver á otro más galan.
PRÓS.: Ven; obedece. En infantil estado están tus nervios, Sin fuerza alguna.
FER.: Es cierto, sin ninguna: Como en un sueño mis potencias todas Están, al parecer, encadenadas. La muerte de mi padre, mi impotencia, El triste fin de todos mi amigos, Las amenazas de este crudo, á cuya Merced estoy, sin queja soportara, Si ver pudiera el rostro de esta vírgen Desde mi cárcel una vez al dia. Haga la libertad lo que quisiere De los demas rincones de la tierra; Ancha me fuera cárcel semejante.
PRÓS.: Mi ardid empieza á obrar.—Venid, partamos. ¡Cumpliste como bueno, Ariel! Seguidme. Oye lo que has de hacer.
MIR.: Cobrad aliento. Mi padre no es tan duro cual le pinta Su propia lengua: lo que dijo ha poco Es cosa extraña en él.
PRÓS.: Serás más libre Que el viento en las alturas. Pero es fuerza Que cumplas mi mandato; nada omitas.
ARI.: Ni un punto.
PRÓS.: Ven. No hables por él. Seguidme.
